En el corazón del barrio de Santa Cruz en Sevilla, una vivienda antigua guarda una historia que mezcla celos, opresión y un eco fantasmal. La leyenda cuenta que un mercader adinerado, poseído por una celosía extrema, decidió encerrar a su esposa en una suite de la casa. Para asegurarse de que su mirada nunca se posara en otro hombre, mandó cubrir todas las paredes con espejos. Así, la mujer solo podía ver su propio reflejo, una prisión de cristal que la aislaba del mundo exterior. Se dice que el encierro y la desesperación marcaron tan profundamente el lugar que su espíritu nunca lo abandonó.


El reflejo persistente del espíritu

La tradición oral sevillana afirma que el fantasma de la mujer aún vaga por las estancias. Visitantes y vecinos han reportado, a lo largo de los años, fenómenos extraños vinculados a los espejos. Algunos dicen percibir un rostro femenino triste y pálido que aparece brevemente en el cristal, sobre todo al atardecer. Otros hablan de que los espejos se empañan sin razón o reflejan una figura que no corresponde con quien está frente a ellos. Estas narraciones han alimentado la fama del inmueble, integrándolo en las rutas de leyendas urbanas de la ciudad.

La casa en el contexto del barrio histórico

La ubicación de la casa en el laberíntico barrio de Santa Cruz, con sus callejuelas estrechas y patios sombríos, aporta un escenario perfecto para la leyenda. Aunque la identificación exacta de la vivienda varía según quien relate la historia, varias mansiones antiguas de la zona se disputan el título. El relato sirve a menudo como ejemplo de las oscuras historias de celos y poder que, según se cuenta, sucedieron tras los muros de las casas señoriales sevillanas. Más allá de su veracidad, la leyenda perdura como un fragmento vivo del folclore local.

Quizás el mercader no calculó que, al multiplicar infinitamente la imagen de su esposa, también multiplicaría para la eternidad las posibilidades de que alguien más la viera.