En los densos bosques de la Sierra de Cazorla, en Jaén, circula una leyenda persistente. Los relatos hablan de un perro negro de gran tamaño y ojos que brillan con un tono rojo intenso. Esta figura espectral no ladra ni ataca de forma directa, sino que se aparece de manera súbita a quienes transitan solos, como cazadores o caminantes desprevenidos. Su presencia se interpreta como una señal nefasta, un aviso de que algo no va bien. El propósito de este ser, según la tradición oral, es confundir y desorientar. Se dice que intenta que las personas abandonen los senderos conocidos para adentrarse en la espesura, donde es fácil perder el rumbo por completo.


El encuentro con la criatura y sus consecuencias

Quienes afirman haberlo visto describen una experiencia inquietante. El animal no se acerca, pero su mirada fija y penetrante paraliza. Luego, comienza a moverse de forma errática entre los árboles, como si invitara a seguirlo. Quien cae en la tentación y persigue al perro, o simplemente huye asustado en otra dirección, pronto descubre que está perdido. Los puntos de referencia desaparecen y el bosque, familiar momentos antes, se transforma en un laberinto impenetrable. Esta es la trampa del llamado Perro del Diablo: usar el miedo y la curiosidad para aislar a su víctima en la inmensidad del monte.

Posibles orígenes de la leyenda popular

Los folkloristas apuntan a varias raíces para este mito. Por un lado, puede vincularse a antiguas creencias sobre espíritus guardianes de los bosques o encarnaciones de malos augurios. Por otro, es posible que el relato se nutra de avistamientos reales de animales salvajes, como lobos o grandes perros asilvestrados, cuya silueta se distorsiona por la penumbra del bosque y la propia sugestión. El miedo a perderse en un territorio agreste y vasto como la Sierra de Cazorla encuentra así una figura tangible, un símbolo que personifica el peligro de la soledad y lo desconocido.

Algunos cazadores comentan, con ironía, que tras una larga jornada sin suerte, cualquier sombra puede parecer demoníaca, especialmente si se ha compartido más de un trago de aguardiente alrededor del fuego. Bromas aparte, la leyenda perdura y muchos prefieren no caminar solos al anochecer, por si acaso.