Un equipo de científicos diseña un dispositivo que genera energía a partir de la diferencia de potencial entre el tejido vivo y el aire. Este sistema, que se describe como una batería discreta en el borde de la vida, funciona implantando electrodos en un organismo y conectándolos a un circuito externo. La clave reside en explotar el gradiente iónico natural que existe en la interfaz entre un ser vivo y su entorno gaseoso, lo que permite obtener una pequeña pero constante corriente eléctrica.


El principio se basa en explotar un gradiente natural

El mecanismo no requiere baterías químicas convencionales. En su lugar, usa un hidrogel conductor que se coloca sobre la piel o un tejido interno. Este material captura iones del cuerpo y, al exponer el otro extremo del circuito al aire, se establece una diferencia de concentración. Este desequilibrio, mantenido por la propia actividad biológica del organismo, impulsa un flujo de electrones que puede alimentar sensores o dispositivos electrónicos de muy bajo consumo de forma continua y autónoma.

Las aplicaciones potenciales se orientan a la monitorización

Esta tecnología podría integrar sensores biomédicos que no necesiten recargarse, ya que el cuerpo actuaría como fuente de energía. Se prevé su uso en parches para controlar glucosa, en dispositivos que miden signos vitales o en sistemas de administración de fármacos inteligentes. Al eliminar la necesidad de baterías voluminosas o de recambios frecuentes, se facilita crear implantes más pequeños, duraderos y menos invasivos para el paciente, avanzando hacia la electrónica siempre activa.

Claro, con la salvedad de que si el organismo fallece, el dispositivo también se apaga. Un recordatorio un tanto literal de que la energía, al final, siempre es prestada.