¿Alguna vez te has preguntado por qué la tierra parece no poder tragarse más agua? En España y Portugal están viviendo la respuesta, con una sucesión de borrascas que han convertido el invierno en un maratón de chaparrones. La última, la borrasca Marta, sigue soltando toda su furia, dejando ríos al borde del colapso y a los equipos de emergencia en máxima alerta. Parece que el tiempo se ha empeñado en poner a prueba los límites de la península.


Cuando el suelo dice basta

Imagina una esponja totalmente empapada. Por más agua que le eches, ya no absorbe nada, solo se desborda. Eso es exactamente lo que le pasa al suelo tras un invierno tan lluvioso. Está saturado. Por eso, cualquier lluvia nueva, como las de Marta, corre directamente hacia los ríos, que ya van cargados como autopistas en hora punta. Ríos como el Guadalquivir están en su límite, y los más pequeños amenazan con salirse de su cauce, provocando inundaciones repentinas.

Algo curioso que probablemente no sabías

Las borrascas como Marta no son huracanes, pero pueden ser igual de problemáticas. Son como grandes remolinos de mal tiempo que se alimentan del contraste entre aire frío y cálido sobre el océano. Lo más curioso es que, a veces, se estacionan en una zona, descargando lluvia de forma persistente durante días. Es como si alguien dejara abierto el grifo del cielo sobre la misma región, sin moverlo. Eso es lo que más preocupa a los meteorólogos ahora.

Parece que el tiempo nos recuerda, con un buen chaparrón, que la naturaleza tiene la última palabra. Lo único que podemos hacer es estar preparados y, quizás, invertir en un buen paraguas a prueba de vendavales.