En el desierto de Nevada, Rhyolite surge con fuerza cuando se descubre oro en 1904. Miles de personas llegan para buscar fortuna, y la ciudad crece a un ritmo frenético. Pronto cuenta con tres líneas de ferrocarril, electricidad, agua corriente y una población que supera los cinco mil habitantes. Se construyen edificios sólidos, como un banco de tres plantas y una estación de tren, que reflejan la confianza en un futuro duradero. Sin embargo, este auge depende por completo del mineral que se extrae de las colinas cercanas.


El colapso económico vacía la ciudad

La riqueza de Rhyolite se agota con la misma rapidez con la que aparece. En 1907, un pánico financiero nacional hace que los inversores retiren su capital de las minas. Los principales yacimientos empiezan a dar menos rendimiento, y el valor de las acciones se desploma. Para 1910, la mina más importante cierra, y la mayoría de la población se marcha en busca de nuevas oportunidades. Los servicios esenciales cesan, y las vías del tren, que antes traían prosperidad, quedan en silencio. En apenas seis años, la ciudad pasa de la efervescencia al abandono.

Las ruinas persisten como testimonio pétreo

Lo que queda de Rhyolite son estructuras fantasmales que resisten al clima desértico. Las paredes de hormigón y piedra del banco Cook se mantienen en pie, aunque sin techo ni ventanas. Cerca, la estación de tren de Las Vegas y Tonopah Railroad, un edificio de estilo misión, permanece como la construcción más intacta. Otras reliquias incluyen los cimientos de la casa de botellas, hecha con miles de envases de cerveza y whisky, y los restos dispersos de la escuela y el hospital. El sitio no se restaura, sino que se conserva en su estado de decadencia, permitiendo que los visitantes perciban el paso del tiempo.

Quizás el mayor símbolo de aquel sueño fugaz no sea un edificio, sino la escultura de una mujer llorando sobre una tumba, colocada en el cementerio cuando la ciudad aún respiraba, como si presagiara su propio final.