Los lazos económicos entre Estados Unidos y la Unión Europea demuestran una profunda interdependencia que hace inviable una separación total. A pesar de las tensiones comerciales y los debates políticos sobre soberanía estratégica, ambas economías están entrelazadas de manera fundamental. Millones de empleos a ambos lados del Atlántico dependen de este comercio y de las inversiones cruzadas. Las cadenas de suministro en sectores clave como la automoción, la tecnología o la farmacéutica están tan integradas que desenredarlas resultaría extremadamente costoso y disruptivo para empresas y consumidores.


Las cifras que sostienen la relación

El volumen comercial bilateral supera el billón de dólares anuales, y las inversiones directas mutuas alcanzan varios billones. Empresas estadounidenses invierten y generan ingresos en Europa, mientras que compañías europeas hacen lo propio en Estados Unidos, financiando investigación, desarrollo e innovación. Esta simbiosis va más allá de las mercancías e incluye servicios financieros, tecnológicos y de propiedad intelectual. Cualquier intento de desacoplar forzaría a las empresas a duplicar sus estructuras, aumentar costes y perder las ventajas de operar en un mercado unificado de gran escala.

La competencia y la cooperación coexisten

Ambos bloques compiten ferozmente en tecnologías punteras, como los semiconductores o la inteligencia artificial, y discrepan en regulaciones o subsidios a industrias verdes. Sin embargo, esta rivalidad se desarrolla dentro de un marco de normas e instituciones compartidas. Cooperan para enfrentar desafíos globales, desde la estabilidad financiera hasta la seguridad energética. La dependencia mutua actúa como un poderoso incentivo para resolver disputas y buscar compromisos, porque el coste de una ruptura supera con creces los beneficios de una victoria unilateral.

Irónicamente, mientras los políticos discuten sobre desacoplar, los ejecutivos de las empresas siguen haciendo negocios, los ingenieros colaboran en proyectos conjuntos y los consumidores compran productos que son un mosaico de componentes de ambos continentes, demostrando que la economía a menudo ignora los discursos grandilocuentes.