En la costa asturiana de Cudillero, los marineros que faenan en el mar Cantábrico confían en una señal peculiar cuando el tiempo amenaza con empeorar. Antes de que se desaten las galernas y los temporales más peligrosos, un fenómeno aparece entre las olas que rompen contra los acantilados. No es un ave marina ni un destello de luz, sino la figura de un niño pequeño formado completamente de espuma y algas marinas. Los pescadores más veteranos de la villa reconocen al instante esta aparición y saben que deben actuar con rapidez.


Una aparición benévola entre la bruma

Este espíritu, al que llaman el Espumeru, no pretende asustar sino proteger. Su presencia solo se manifiesta cuando el peligro es inminente, sirviendo como una advertencia directa y clara para la comunidad marinera. La tradición oral describe que el niño de espuma no emite sonido alguno, pero su sola imagen contra las rocas basta para transmitir urgencia. Quienes lo ven interpretan que el mar pronto será inseguro y que deben regresar a puerto sin demora.

La tradición oral preserva el aviso

El relato del Espumeru se transmite de generación en generación entre las familias de pescadores de Cudillero. Más que un simple cuento, funciona como una metáfora codificada de la observación del mar y el cielo. Los marineros aprenden a leer los primeros indicios de un temporal, como un cambio en el color del agua, la dirección del viento o la formación de nubes, y el mito personifica ese conocimiento colectivo. La figura del niño simboliza la vulnerabilidad frente a la fuerza del cantábrico y la necesidad de actuar con precaución.

Hoy, aunque los partes meteorológicos son precisos, algún pescador aún bromea al ver la espuma blanca saltar sobre las piedras, preguntándose si el Espumeru sigue haciendo su ronda, quizás por si acaso los satélites fallan.