Las estadísticas globales sobre hallazgos de meteoritos muestran una distribución muy desigual. Aunque podría pensarse que estos objetos espaciales se reparten de forma homogénea, los datos oficiales revelan una realidad distinta. De los aproximadamente 80.000 meteoritos catalogados en el mundo, más de 50.000 proceden del continente antártico. Esta abrumadora mayoría plantea una pregunta central: ¿Qué factores hacen que la Antártida sea tan especial para encontrar meteoritos?


El hielo actúa como un eficaz sistema de recolección

El principal factor es el propio entorno antártico. El vasto manto de hielo blanco y azul funciona como una superficie de contraste ideal, donde las rocas oscuras de los meteoritos destacan con facilidad. Además, el flujo lento pero constante de las capas de hielo transporta meteoritos que cayeron en zonas elevadas hacia regiones más bajas y accesibles, como las bases de las montañas. Allí, los vientos catabáticos, que soplan desde el interior del continente, erosionan la superficie y exponen estos tesoros espaciales que estaban atrapados en el hielo, concentrándolos en áreas específicas.

Las condiciones extremas preservan los meteoritos

El clima frío y seco de la Antártida es clave para conservar los meteoritos. Las bajas temperaturas minimizan la alteración química por agua líquida, lo que ralentiza enormemente el proceso de meteorización que en otros climas destruye estas rocas en pocos siglos. En la Antártida, un meteorito puede permanecer en la superficie durante decenas de miles de años prácticamente inalterado, esperando a ser descubierto. Esto crea un efecto acumulativo, donde meteoritos de distintas épocas coexisten en la misma zona.

Así que, irónicamente, el lugar más inhóspito del planeta se ha convertido en el mejor museo natural de rocas espaciales, no porque caigan más allí, sino porque el hielo las recolecta, las transporta, las conserva y las exhibe para nosotros.