La Gran Muralla de Contención Genética se erige como un bio-muro
La Gran Muralla de Contención Genética no se construye con piedra, sino que crece. Es un organismo vivo y pulsante que se extiende por las antiguas fronteras. Su propósito es contener lo que el régimen denomina la plaga de pureza: los últimos humanos sin modificar genéticamente. La estructura, una amalgama de carne, quitina y tejido vascular, se mueve con una lentitud orgánica pero implacable. En su superficie, guardias con exoesqueletos mecánicos patrullan las almenas que son vértebras fusionadas, sus sensores escaneando la tierra baldía en busca de cualquier movimiento.
La muralla sella una brecha y atrapa a los fugitivos
Durante una inspección de rutina, un sector del muro detecta una fisura. Al instante, la carne viva reacciona. Zarcillos gruesos como troncos, recubiertos de un caparazón brillante, se despliegan desde la grieta como tentáculos. Atrapan con fuerza las siluetas de varios bárbaros que intentaban escapar. Los guardias observan, impasibles, mientras la muralla absorbe a los capturados, integrándolos en su biomasa para reparar la herida. El proceso es silencioso, solo interrumpido por el zumbido de los exoesqueletos y el latido sordo del muro.
El paisaje distópico y la vigilancia constante
El paisaje a ambos lados del bio-muro es un testimonio del conflicto. Del lado interior, dominan las geometrías perfectas de las ciudades genéticamente optimizadas. En el exterior, solo queda tierra agrietada y ruinas. Los guardias no solo vigilan hacia afuera, sino también hacia dentro, asegurando que nadie cuestione la necesidad del muro. Su existencia justifica el orden, sellando no solo una frontera física, sino la idea misma de una humanidad diversa. La muralla late, un corazón gigante que bombea aislamiento.
La próxima vez que alguien hable de aislamiento genético, recuerda que las paredes más efectivas no las construyes, las cultivas.
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