Imagina que estás disfrutando de un baño en una playa de Alicante y, de repente, ves una aleta triangular cortando el agua. No es una película, es algo que está pasando. La presencia del gran tiburón blanco en el Mediterráneo español ya no es un mito, es una realidad confirmada por la ciencia. Pero, ¿es esto una buena o una mala noticia? Vamos a explorar juntos este fenómeno que mezcla miedo, fascinación y ecología.


El regreso del rey, ¿una señal de salud?

Piénsalo así: ver un águila real en un bosque es señal de que ese ecosistema está sano. Con los tiburones blancos pasa algo similar. Su aparición cerca de la costa de Alicante podría indicar que las poblaciones de atunes y otros peces de los que se alimentan están recuperándose. Es como si el mar nos dijera: Hey, aquí las cosas van mejor. Son depredadores tope, y su presencia suele equilibrar toda la cadena alimentaria marina.

El problema no es el tiburón, es nuestra percepción

La mala noticia no son los animales, sino lo poco que sabemos de ellos. Durante décadas, su presencia fue un misterio por la sobrepesca y la falta de estudios. Ahora, con proyectos de seguimiento, empezamos a ver el mapa real. Estos gigantes, que pueden superar los 6 metros, son cruciales para el ecosistema. Su fama de devoradores de hombres es un invento del cine; las estadísticas de ataques en el Mediterráneo son bajísimas.

Así que, la próxima vez que veas una noticia sobre un avistamiento, recuerda que es más probable que te caiga un rayo. Su regreso es, sobre todo, una lección de humildad: el mar no es nuestra piscina, es su casa. Y verlo lleno de vida es, sin duda, la mejor noticia.