El departamento de TI en una empresa grande opera como un taller mecánico y una torre de control. Por un lado, mantiene el motor funcionando al gestionar la infraestructura, las redes, el soporte y la seguridad. Por otro, acompasa el ritmo del negocio al dirigir proyectos, procesar datos y desarrollar productos digitales. Este equilibrio tradicional ahora cambia porque la inteligencia artificial introduce automatización y capacidad de analizar continuamente. Estas tareas antes dependían de que una persona estuviera disponible.


La IA actúa como un piloto automático con caja negra

Es crucial entender esta tecnología como un piloto automático que incluye una caja negra. Acelera los procesos y puede tomar decisiones, pero exige que alguien supervise, establezca reglas claras y trace todo lo que hace. No reemplaza la torre de control humana, sino que la transforma. El foco se desplaza desde ejecutar tareas repetitivas hacia interpretar resultados, validar la lógica del sistema y garantizar que sus acciones se alineen con los objetivos del negocio.

La supervisión humana mantiene el control estratégico

Implementar estas herramientas requiere definir parámetros operativos muy precisos y diseñar protocolos de auditoría. La trazabilidad se convierte en un pilar central, ya que es necesario poder reconstruir cualquier proceso automatizado. Esto permite que el equipo de TI conserve el control estratégico mientras delega la ejecución operativa. Así, el departamento puede optimizar recursos y dedicar más tiempo a innovar y a resolver problemas complejos que la máquina no puede abordar sola.

La paradoja es clara: cuanta más autonomía damos a la máquina, más debemos vigilar cómo piensa. El verdadero reto no es instalar el piloto automático, sino aprender a leer su diario de vuelo.