Cicerón reformularía la retórica para la era digital
Si Cicerón viviera hoy, probablemente no prohibiría las ideas, sino que enseñaría a expresarlas correctamente. Su respuesta al discurso de odio y a la degradación del debate no sería censurar, sino elevar la calidad del discurso público. En lugar de centrarse en el contenido, atacaría la forma pobre y falaz en que a menudo se comunica. Su solución consistiría en una Ley de Retórica Digital que no castigue lo que se dice, sino cómo se dice, priorizando la claridad y el rigor por encima de la descalificación.
La ley premiaría la argumentación estructurada y penalizaría las falacias
Esta ley no actuaría sobre las personas, sino sobre los algoritmos que ordenan el contenido en las plataformas. Estos sistemas se reentrenarían para identificar y reducir la visibilidad de las falacias lógicas más comunes, como el argumento ad hominem o el hombre de paja. En paralelo, promoverían aquellos discursos que demuestren elocuencia, estructura lógica y, sobre todo, la capacidad de reconocer los puntos válidos del oponente. Un buen argumento ganaría más alcance que un insulto viral, cambiando los incentivos del debate en línea.
El objetivo final sería restaurar el arte de la persuasión civilizada
El núcleo de esta propuesta sería pedagógico. Al hacer que la retórica de calidad sea más visible y efectiva, se enseñaría a la ciudadanía digital a debatir mejor. La plataforma se convertiría en un ágora que premia la inteligencia y la elegancia en el disentir, no la agresión. Cicerón entendería que el problema no es la discrepancia, sino la incapacidad de gestionarla con palabras que construyan en lugar de destruir. Su legado no sería una lista de prohibiciones, sino un manual de instrucciones para conversar en una sociedad compleja.
Si Cicerón viera un hilo de comentarios hoy, probablemente pediría no cerrar el foro, sino contratar más profesores de la lógica.
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