Los centros de datos, motores de la economía digital, expanden su capacidad para procesar y almacenar información a un ritmo acelerado. Este crecimiento choca con barreras físicas reales, como la disponibilidad de energía, agua para refrigerar y espacio físico. La industria busca formas de hacer que estas instalaciones sean más eficientes, pero la demanda de potencia de cálculo no deja de aumentar, impulsada por la inteligencia artificial y la computación en la nube.


La demanda de energía redefine la ubicación y el diseño

La búsqueda de electricidad abundante y barata empuja a las empresas a construir centros de datos en lugares inusuales, cerca de fuentes de energía renovable o nucleares. El diseño de los servidores y sistemas de refrigeración evoluciona para disipar más calor en menos espacio. Algunas propuestas incluyen sumergir servidores en líquido o emplazar centros de datos bajo el mar para aprovechar el enfriamiento natural.

La inteligencia artificial intensifica la presión sobre los recursos

Entrenar y ejecutar modelos de inteligencia artificial consume una cantidad de energía que supera con creces la de las cargas de trabajo tradicionales. Un solo centro de datos para IA puede usar tanta potencia como cientos de miles de hogares. Esto obliga a las compañías a replantear cómo distribuyen las tareas de cálculo y a priorizar la eficiencia en cada componente, desde los chips hasta los sistemas de distribución de energía.

Parece que el cloud computing no es tan etéreo cuando necesita ríos de agua real para no derretirse y extensiones de tierra que rivalizan con pequeñas ciudades. El futuro digital tiene cimientos muy pesados y calientes.