La trama se desarrolla en el planeta Arieka, donde los humanos mantienen una colonia llamada Embassytown. Allí conviven con los Anfitriones, una especie alienígena cuya forma de comunicar es única. Su lenguaje requiere que dos mentes lo produzcan al mismo tiempo, lo que obliga a los humanos a crear parejas de embajadores gemelos que hablen en perfecta sincronía. La narradora, Avice Benner Cho, es una humana que creció en ese mundo y que los Anfitriones incorporaron a su idioma como un símbolo viviente.


El lenguaje de los Anfitriones estructura su realidad

Para los Ariekei, el lenguaje es literal y no pueden mentir ni comprender la metáfora de la forma en que lo hacen los humanos. Sus frases modifican directamente la realidad física. Esta armonía se rompe cuando llega un nuevo embajador, cuya forma de hablar es diferente. Su discurso, aunque comprensible, tiene un efecto catastrófico en los Anfitriones, que se vuelven adictos a él y empiezan a colapsar. La crisis amenaza con destruir no solo la comunicación, sino la propia conciencia de los alienígenas y la estabilidad de su sociedad.

La obra explora los límites de la comunicación y la conciencia

China Miéville construye un universo donde la naturaleza del lenguaje es el motor del conflicto. La novela examina cómo el pensamiento y la realidad pueden depender de las estructuras lingüísticas. La trama sigue los esfuerzos por resolver la crisis, lo que implica que los humanos y los Anfitriones tengan que reinventar cómo se comunican. La auténtica extrañeza de los Ariekei reside en que su mente y su biología están entrelazadas de un modo que desafía la comprensión humana.

Intentar explicar la trama a alguien sin preparación puede hacer que te miren como si fueras un Anfitrión escuchando una metáfora por primera vez: con absoluta perplejidad y una leve tendencia a derrumbarte.