El Estadio Metropolitano, conocido antes como La Peineta, se levanta en Madrid como un símbolo de transformación radical. Concebido para albergar los Juegos Olímpicos, su diseño original priorizaba el atletismo con una pista de ocho carriles y gradios que rodeaban el óvalo. Sin embargo, la ciudad nunca logró conseguir la cita olímpica, lo que dejó la infraestructura en un limbo funcional durante años. El espacio, infrautilizado y a medio reformar, se convirtió en un vestigio de un proyecto que no se concretó.


Un cambio de rumbo hacia el fútbol

La adquisición del recinto por parte del Atlético de Madrid marca un punto de inflexión. El club decide remodelar por completo el estadio para adaptarlo a las necesidades del fútbol profesional. La obra más significativa implica retirar la pista de atletismo y acercar las gradas al terreno de juego, eliminando la distancia que caracterizaba al diseño original. La cubierta se amplía para cubrir a todos los espectadores, y la capacidad aumenta por encima de los sesenta mil asientos, configurando un coliseo moderno para este deporte.

El legado atlético se desvanece

Con la reforma, el estadio abandona definitivamente su propósito inicial. La pista desaparece, y las instalaciones para saltos y lanzamientos ya no tienen cabida. El proyecto olímpico se archiva en la memoria, y el espacio se reconfigura para priorizar la experiencia del hincha de fútbol. Aunque el nuevo Metropolitano es un éxito para el club, su conversión supone perder una infraestructura de alto nivel para el atletismo en la capital, un deporte que ahora debe buscar otros escenarios menores para competir.

Así, un estadio que nació para correr, saltar y lanzar, ahora solo sirve para patear un balón y celebrar goles, un giro del destino que muchos aficionados al atletismo observan con cierta ironía.