Las paredes de hormigón respiran con un ritmo ajeno al mundo de los vivos, exhalando el aliento helado de quien nunca abandonó su puesto. Los trabajadores del metro sienten cómo la oscuridad se espesa en los tramos más solitarios, donde las luces parpadean con nerviosismo antes de apagarse completamente. Algunos han escuchado pasos que se detienen justo detrás de ellos, acompañados por un quejido metálico que perfora la cordura.


La sombra que camina entre vagones

Su figura emerge del cemento como una mancha de aceite humano, arrastrando herramientas oxidadas que nunca soltó. Los testigos describen una silueta encorvada con overoles empapados en barro eterno, cuyos ojos reflejan el vacío de los túneles donde pereció. Siempre aparece donde las cámaras de seguridad fallan, deslizándose entre los vagones vacíos con el sonido de hierros retorciéndose bajo presión invisible.

El eco de su último aliento

Las grabaciones de audio captan susurros en valenciano antiguo, frases entrecortadas que hablan de vigas que ceden y tierra que se traga a los hombres. El aire se enrarece cuando se manifiesta, cargándose con el olor a óxido y tierra húmeda que trae consigo desde el día de su muerte. Los operarios más veteranos evitan ciertos túneles después del anochecer, sabiendo que allí el tiempo se detuvo para siempre en el momento del derrumbe.

Quizás el verdadero horror no es su presencia, sino darse cuenta de que cada vez que el metro se detiene entre estaciones, alguien más se suma a su eterna guardia en la penumbra.