Imagina que, durante años, los biólogos han intentado salvar un bosque explicando a una empresa cuánto dinero vale en madera, agua limpia o turismo. Suena lógico, ¿verdad? Pues resulta que esa estrategia de ponerle precio a todo no ha funcionado tan bien como esperaban en las salas de juntas.


El problema de convertir todo en euros y céntimos

El argumento económico, llamado valoración de servicios ecosistémicos, es como intentar vender el aire que respiras. Sí, puedes calcular el coste de filtrarlo artificialmente, pero ¿eso captura su verdadero valor? Para una empresa, ese cálculo a menudo se reduce a un simple balance: si destruir un manglar para construir un hotel da más beneficios a corto plazo, los números ganan. La naturaleza pierde.

Un cambio de discurso que está dando resultados

Curiosamente, lo que sí está funcionando son enfoques menos fríos. Hablar de riesgo reputacional, de cómo los consumidores castigan a las marcas que dañan el medio ambiente, o de resiliencia operativa (que tu fábrica no se inunde porque los humedales de alrededor están sanos). Es decir, enmarcar la conservación no como un gasto, sino como un seguro vital para el negocio a largo plazo.

Tal vez el error fue pensar que las decisiones solo se toman con calculadora. Al final, la persuasión más poderosa mezcla números con narrativa, mostrando que lo bueno para el planeta también es inteligente para el negocio. Aunque a veces uno piense que lo que realmente necesitan algunos directivos es un paseo por el bosque... sin PowerPoint.