El proyecto para construir un túnel que reemplace el elevado Viaducto Alaskan Way en Seattle enfrenta una parálisis crítica. La tuneladora Bertha, la máquina más grande de su tipo en el mundo, se detiene por completo a solo 1.000 pies de iniciar su recorrido. Una obstrucción en el cabezal de corte, posiblemente un tubo de acero de un sondeo anterior, daña severamente los sellos principales. Esto provoca que arena y agua penetren en el mecanismo, lo que obliga a paralizar las operaciones. La máquina queda atascada bajo tierra, generando incertidumbre sobre cómo repararla y cuánto tiempo tomará resolver el problema.


La reparación exige una excavación profunda

Para acceder a la parte frontal dañada de Bertha, los ingenieros deben cavar un pozo de rescate de 120 pies de profundidad. Esta es una operación compleja y arriesgada que se realiza justo al lado de los edificios del centro de la ciudad. Mientras tanto, el proyecto acumula retrasos y sobrecostes que se calculan en millones de dólares. La tuneladora permanece inactiva bajo la ciudad durante casi dos años, mientras se diseñan y ejecutan las reparaciones. Este periodo convierte al proyecto en un ejemplo frecuentemente citado de los riesgos que implican las obras de infraestructura a gran escala.

El proyecto finalmente avanza tras superar el obstáculo

Tras una extensa reparación que incluye reconstruir el cabezal de corte, Bertha reanuda su trabajo a finales de 2015. La máquina completa la perforación del túnel de casi dos millas en 2017, aunque con un retraso significativo respecto al plan original. El incidente subraya la imprevisibilidad de construir en entornos urbanos densos con geología compleja. Aunque el túnel finalmente se abre al tráfico, la historia de Bertha sirve como un recordatorio duradero sobre los desafíos técnicos y logísticos en la ingeniería moderna.

La saga de Bertha inspiró más de un chiste local sobre que Seattle tenía su propia atracción turística subterránea permanente, aunque no precisamente la que había planeado.