En las noches más oscuras, los antiguos caminos reales y corredoiras de Asturias se convierten en el escenario de una aparición sobrenatural. Una procesión silenciosa de almas en pena, envueltas en sudarios y portando velas que apenas iluminan sus formas, avanza lentamente por estos senderos. La tradición oral describe que quien se cruza con esta comitiva puede presenciar un espectáculo a la vez solemne y aterrador, donde el aire se enfría y el sonido del viento parece susurrar.


Un vivo guía a los muertos

Lo más singular de esta leyenda es que la procesión no la encabeza un espíritu, sino un ser vivo. Este individuo, cuyo sino es vagar eternamente, conduce a las almas errantes. Su condena solo terminará cuando logre que otro vivo ocupe su lugar, un trágico relevo que perpetúa el ciclo. Se dice que este guía forzoso conoce cada sendero y atajo, y su presencia anuncia desgracias.

El anuncio de la muerte

La Güestia no vaga sin propósito. Su paso frente a una casa o el hecho de que se detenga ante ella se interpreta como un presagio de muerte para alguno de sus moradores. El sonido de sus pasos, el fulgor tenue de las velas o simplemente la sensación de su presencia cercana bastan para sembrar el pánico en las aldeas. Por ello, en el pasado, muchos evitaban salir de noche o tomar esas rutas, temiendo encontrarse con el cortejo o, peor aún, percibir que se dirigía hacia su propio hogar.

Si alguna noche escuchas pasos lentos en un camino solitario y ves luces titilantes a lo lejos, recuerda la leyenda. Lo más sensato quizá no sea correr, sino preguntarte si vas demasiado ligero de equipaje para un viaje tan largo. Rezar tampoco está de más, por si acaso.