La Cumbre de los Dioses explora la obsesión por la montaña
El fotógrafo Fukamachi descubre una cámara antigua que podría haber pertenecido a George Mallory, el escalador que desapareció en el Everest en 1924. Este hallazgo lo impulsa a investigar y lo conduce a obsesionarse con la figura de Habu Joji, un alpinista japonés legendario y solitario. La historia profundiza en los motivos que llevan a una persona a arriesgar todo por alcanzar una cima, enfrentándose no solo a la naturaleza extrema sino también a sus propios límites. La montaña se presenta como un objetivo que trasciende lo físico para convertirse en una búsqueda espiritual y personal.
El estilo gráfico realista de Jiro Taniguchi
Jiro Taniguchi aplica un trazo limpio y meticuloso que recuerda al realismo europeo. Su dibujo describe con precisión los paisajes y las texturas, desde la rugosidad del hielo hasta la tensión en los músculos de los escaladores. La montaña no es un simple escenario, sino una presencia viva y abrumadora que el lector percibe a través de las páginas. El arte transmite la inmensidad del entorno, el frío cortante y el esfuerzo físico de forma casi tangible, sumergiendo al lector en la experiencia del alpinismo.
La montaña como personaje central
La obra plantea un diálogo constante entre el hombre y la naturaleza en su estado más puro y hostil. La narrativa se construye a través del contraste entre la obsesión metódica de Fukamachi y el ascetismo radical de Habu Joji. Ambos personajes buscan respuestas en la montaña, aunque por caminos distintos. La historia reflexiona sobre lo que significa conquistar una cumbre y el precio que se debe pagar por ello, donde el verdadero enemigo a menudo reside en uno mismo.
El cómic logra que el lector sienta vértigo desde el sofá, una hazaña que pocas obras consiguen sin necesidad de arneses ni piolets. Es una lectura que, irónicamente, puede hacer que subir una escalera parezca una expedición menor.
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