Las autoridades refuerzan las acciones contra los deepfakes no consensuados
Las agencias reguladoras y las fuerzas de seguridad incrementan su actividad para perseguir el uso no autorizado de avatares 3D o personajes generados por inteligencia artificial. Este tipo de contenido, conocido como deepfake, se emplea a veces para crear suplantaciones de identidad con fines fraudulentos o para difundir desinformación. La medida afecta directamente a creadores de personajes, animadores y estudios que trabajan con estas tecnologías, ya que se busca establecer límites claros sobre el consentimiento necesario para usar una imagen digital.
El marco legal se adapta a la tecnología generativa
La nueva normativa no prohíbe crear o usar avatares 3D, sino que exige obtener permiso explícito de la persona cuya apariencia se replica, incluso en versiones estilizadas. Procesar datos biométricos faciales sin autorización puede constituir un delito. Para los artistas, esto significa documentar los acuerdos con los modelos de referencia y verificar la procedencia de los datasets de entrenamiento para la IA. Las plataformas que alojen este contenido también deben implementar sistemas que detecten material manipulado y respondan a las solicitudes de retirada.
Impacto en la comunidad de creadores digitales
Los profesionales del sector deben revisar sus flujos de trabajo para garantizar que cumplen la ley. Usar software de seguimiento facial sobre grabaciones de actores requiere su consentimiento previo. Generar un personaje completamente sintético pero con rasgos reconocibles de una persona real también puede infringir la normativa si se hace sin su acuerdo. La tecnología avanza más rápido que la legislación, pero las autoridades ahora priorizan casos donde se demuestra un daño claro, como estafas o campañas de difamación.
La ironía reside en que las mismas herramientas que permiten crear personajes hiperrealistas para cine o videojuegos son las que facilitan fabricar noticias falsas convincentes. El reto para la comunidad es separar el arte del delito, un límite que a veces parece tan difuso como la piel digital de un avatar.
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