Proyectan la Ciudad de la Justicia de L’Hospitalet de Llobregat como un gran campus judicial que centraliza varios juzgados de Barcelona. Diseñan el complejo el arquitecto David Chipperfield y su equipo, con un plan maestro que prevé varios edificios de líneas rectas y fachadas de hormigón visto. El objetivo es albergar sedes judiciales y descongestionar otros tribunales de la ciudad. Sin embargo, solo ejecutan una parte del proyecto.


El proyecto se ejecuta de forma parcial

Algunos edificios se terminan y entran en uso, como el que alberga los Juzgados de lo Penal. Otros, en cambio, quedan a medio construir, reducidos a esqueletos de hormigón que se oxidan con el tiempo. También existen solares vacíos donde debían alzarse nuevas construcciones. Esta ejecución parcial genera una imagen fragmentada del campus, muy distinta a la idea unitaria que se planeó inicialmente. El complejo presenta una mezcla de zonas activas y áreas en un estado de abandono evidente.

El diseño contrasta con la realidad inacabada

La arquitectura de Chipperfield busca crear un entorno sereno y ordenado para la administración de justicia, usando materiales como el hormigón y grandes ventanales. Pero la realidad del sitio muestra ese contraste entre los volúmenes completos y las estructuras sin terminar. El estancamiento del proyecto durante años impide que el campus funcione como un todo integrado. La situación genera debates sobre la gestión de la obra y el futuro de las partes sin construir, que permanecen como un recordatorio físico de un plan ambicioso que no se culmina.

El visitante puede admirar la arquitectura premiada de un edificio mientras, a su espalda, un esqueleto de hormigón le recuerda que incluso los planes mejor trazados a veces se quedan en el capítulo uno.