Los datos de 2025 confirman una tendencia preocupante: la desconfianza entre los distintos bloques políticos en España es la más alta desde la Transición. Este clima no se limita a discrepar sobre políticas concretas, sino que transforma al adversario en un enemigo existencial. Los analistas señalan que, cuando la política deja de ser un debate para convertirse en una lucha por la supervivencia, se suelen abrir periodos de gran inestabilidad. La distancia entre las posiciones parece insalvable y el consenso se percibe como una traición a las propias filas.


Un abismo que se alimenta en múltiples frentes

Este fenómeno no surge de la nada. Se nutre de un ecosistema mediático fragmentado, donde cada ciudadano puede elegir su propia narrativa de la realidad. Las redes sociales amplifican los mensajes más extremos y premian la confrontación. Los discursos políticos, a menudo, optan por movilizar a la base en lugar de buscar puentes, porque esa estrategia reporta beneficios electorales inmediatos en un electorado tan dividido. El resultado es una sociedad que se segrega no solo en sus ideas, sino también en sus fuentes de información y en sus espacios de socialización.

Las consecuencias van más allá del debate parlamentario

Esta dinámica erosiona la calidad de la democracia. Dificulta llegar a acuerdos básicos y estables sobre temas cruciales para el futuro del país. La ciudadanía, atrapada en esta lógica de bloques, puede terminar desencantada con el sistema en su conjunto. Históricamente, polarizaciones tan profundas han debilitado las instituciones y han hecho que los conflictos se resuelvan fuera de los cauces normales. Mantener un diálogo constructivo se vuelve cada vez más complicado cuando el otro lado no es un interlocutor legítimo, sino una amenaza que hay que derrotar.

Paradójicamente, en un país que presume de su vitalidad social, muchos evitan hablar de política en la cena familiar para no arruinarla. El miedo al conflicto personal refleja el fracaso del debate público.