El cuadro Las Meninas vigila a los visitantes del museo
En la galería principal del Museo del Recuerdo Oficial, la obra maestra ya no cuelga inmóvil. La pintura funciona como una ventana holográfica activa que muestra la Corte Real en tiempo real. Los personajes, que son avatares de una familia real clonada, ejecutan sus gestos barrocos en un bucle perpetuo. De forma aleatoria, uno de ellos interrumpe su rutina, gira la cabeza y fija su mirada en un visitante. Sus ojos, que no son de cristal sino lentes de alta definición, escanean la identificación biométrica del sujeto. Este dato se procesa al instante para actualizar el perfil de lealtad de la persona en la base de datos central. El poder verdadero, quien pinta o programa esta realidad, permanece fuera del marco, completamente invisible para quienes son observados.
La tecnología convierte el arte en un sistema de control
El algoritmo que genera la escena simula con precisión la pincelada de Velázquez y la física de la luz del Siglo de Oro. Sin embargo, su función principal es otra. Cada mirada de los avatares hacia el espectador activa un protocolo de reconocimiento facial y de iris. El sistema cruza estos datos biométricos con los registros estatales de movimientos, compras y conexiones digitales. Así, evalúa el nivel de adhesión al régimen. Una sonrisa de la infanta Margarita puede significar un punto positivo, mientras que la expresión neutra del Marcela de Ulloa podría indicar una revisión pendiente. La obra ya no se contempla, ella contempla y juzga.
El pintor programador es el gran observador oculto
La genialidad distópica reside en que la figura clave, el propio Velázquez frente al lienzo en el cuadro original, aquí está ausente. Su lugar lo ocupa el vacío, una zona oscura que refleja sutilmente a los visitantes. Este hueco simboliza al programador que diseñó el sistema, un ente que todo lo ve pero que nadie puede ver. Los visitantes, al sentirse observados por los personajes reales, olvidan preguntar quién observa desde la posición del pintor. La jerarquía del poder se invierte: los sujetos clonados dentro del cuadro vigilan, pero a su vez son marionetas de una inteligencia externa que nadie percibe.
Un guardia de seguridad susurra a un colega que el perro mastín del cuadro, por lo general dormido, una vez le guiñó un ojo después de escanear a un turista con un historial de comentarios sarcásticos en redes sociales. Desde entonces, ese turista solo puede comprar recuerdos del museo en blanco y negro.
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