La Cruz del Diablo es una leyenda de Cuenca popularizada por Bécquer
La leyenda de La Cruz del Diablo se sitúa en las inmediaciones de Cuenca y Gustavo Adolfo Bécquer la recoge en sus Rimas y Leyendas. Narra la historia de un señor feudal conocido por su crueldad y vida disoluta. Este noble, obsesionado con una joven de singular belleza, la persigue una noche hasta un barranco solitario. En el momento en que intenta forzar un beso, un relámpago ilumina el rostro de la muchacha y el hombre descubre con horror que no es una mujer, sino un demonio. Esta visión le revela la naturaleza perversa de sus propios actos y el pacto tácito que ha mantenido con el mal.
El arrepentimiento y la cruz expiatoria
Tras esta experiencia sobrenatural, el señor feudal, profundamente arrepentido, busca redimirse. Para expiar sus pecados y el pacto que descubre haber establecido, ordena erigir una gran cruz de piedra en el preciso lugar del acontecimiento. Esta cruz, conocida desde entonces como La Cruz del Diablo, se erige como un símbolo permanente de penitencia. La leyenda explica así el origen de un monumento real que, según la tradición, puede visitarse en los riscos cercanos a la ciudad de Cuenca, cargada de un significado moral sobre las consecuencias del pecado.
Bécquer inmortaliza la tradición oral conquense
Aunque la historia circulaba previamente en la tradición oral de la zona, fue la pluma de Gustavo Adolfo Bécquer la que la fijó para la literatura universal. El escritor romántico, maestro del relato de terror, adaptó la leyenda con su estilo característico, enfatizando los elementos góticos y la moraleja. Su versión consiguió que esta narración típicamente conquense traspasara fronteras. La leyenda, por tanto, funciona en dos planos: como relato popular que explica un elemento del paisaje y como obra literaria que refleja los temas del mal, el arrepentimiento y lo sobrenatural.
Dicen que el señor, tras el susto, dejó de perseguir doncellas y se dedicó a perseguir la redención, aunque el albañil que talló la cruz seguro que pensó que era otro capricho excéntrico de los nobles.
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