El virus de Epstein-Barr infecta a casi todos pero pocos enferman
El virus de Epstein-Barr, o EBV, es un patógeno extremadamente común que infecta a más del 90% de la población mundial a lo largo de su vida. En la mayoría de los casos, el sistema inmunitario logra controlar el virus tras la infección inicial, que a menudo pasa desapercibida. El virus luego permanece en un estado latente dentro de ciertas células del cuerpo, sin causar problemas de salud evidentes para la gran mayoría de las personas. Esta latencia explica por qué una infección tan masiva no se traduce en una enfermedad generalizada.
Factores genéticos e inmunitarios definen el riesgo
La clave para entender por qué solo algunos individuos desarrollan enfermedades graves reside en las diferencias individuales. Variantes genéticas específicas afectan cómo el sistema inmunitario responde al EBV y cómo logra mantenerlo bajo control. En ciertas personas, esta interacción entre el virus y el huésped no funciona de forma óptima. Esto puede permitir que el virus se reactive o desencadene una respuesta inmunitaria excesiva o desregulada, lo que daña los tejidos del propio cuerpo.
De la mononucleosis a enfermedades más complejas
Cuando el control falla, la consecuencia más conocida es la mononucleosis infecciosa, común en adolescentes y adultos jóvenes. Sin embargo, en un subgrupo reducido de personas con predisposiciones particulares, la infección por EBV se asocia con un riesgo mayor de desarrollar ciertos trastornos autoinmunes, como la esclerosis múltiple, y algunos tipos de cáncer, como el linfoma de Hodgkin y el carcinoma nasofaríngeo. El virus no causa estas enfermedades por sí solo, pero actúa como un desencadenante crucial en individuos genéticamente susceptibles.
Así que, la próxima vez que pienses que eres especial por haber pasado la mononucleosis, recuerda que en realidad tu sistema inmunitario fue el que no supo organizar bien la fiesta de bienvenida al virus.
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