Ustedes, los infógrafos, delineantes y arquitectos, cuando piensan en un proyecto, supongo que, les viene a la cabeza una serie de curvas de nivel, cotas, tramas, texturas, o un cielo con nubes a integrar con la tierra.
Yo tuve la suerte de conocer esta realidad a pié de obra, durante tres años y medio, y rara vez les he visto por allí. Bien reconocibles, planchados y peinados, pasaban raudos, en un grácil y mayestático vuelo rasante.
El ambiente que yo conocí, era particular. Hablamos de uno de los boms de la construcción (1988-1991)en Lanzarote y Fuerteventura, para los que había que reclutar mano de obra ya, generalmente de la península, porque la fuerza de trabajo de los lugareños, incluso la de gran canaria y Tenerife eran minoría, así cómo en la hostelería.
El grueso de la tropa, lo constituían los gallegos, en gran parte de Pontevedra, quienes venían en grupos, y luego gente de cualquier procedencia: el Mallorca, el Madriles, el Cádiz, etc.
De una curiosa manera, unos pocos eran nombrados cómo señor tal, maestro tal, incluso conocí a un d. Pablo, de quién fui cómplice y amigo, incluso llegué en un par de ocasiones a amenazar con que sería su sucesor para dejar descolocados a un par de señores. Pero eso pertenece a posteriores microrrelatos.
La persona que se desplaza 2000 kilómetros para trabajar, suele venir acompañada de una decepción que olvidar, de una drogodependencia que intenta superar, una deuda, o quieren hacer dinero para volver pronto a casa y comprar otra vaca y un coche, y les era suficiente con el domingo por la tarde libre para telefonear a la familia. De estos últimos, se decía: ganan 100000, y envían a casa 110000.
El sector de maridos abandonados, estaba bien representado. Oí a uno de ellos lamentarse: me casé con ella solo porque estaba buena.
Aunque hay alguna excepción, el nivel cultural y de buenas costumbres, es el que imaginan, existiendo casos de ausencia de educación y conductas cabales dignos de exponerse en una caseta de feria, (entonces no existía youtube.
Estábamos trabajando en un edificio de tres plantas en corralejo, que contaba con unos cincuenta apartamentos, y formaba una manzana casi rectangular, con una gran zona común con piscina en su centro, dos portales de entrada en puntos opuestos y una amplia recepción en su fachada principal.
Entre dos cuadrillas de montadores destajistas, nos repartimos la carpintería.
Los carpinteros montadores, casi siempre somos los últimos en intervenir, lo que nos obliga a sortear y disimular la falta de previsión o de oficio de todos los que nos preceden.
De los pocos a quien podíamos perjudicar en su trabajo, era a los pintores, oportunidad que aprovechamos en alguna ocasión, y de la misma manera debían precedernos a fin de reparar nuestros deslices.
No siempre los demás oficios iban avanzando de la manera más conveniente y lógica para nosotros que siempre teníamos que adaptarnos a las circunstancias. A todo tipo de circunstancias.
La logística más o menos natural de la obra, determinó que los fontaneros empezaran a colocar la loza en los retretes. Así empezaban a adornarse con lavabos, duchas y la pieza más importante: la taza, la cual, supongo que, ustedes nombraran en sus planos como inodoro, utilizando un fino eufemismo, porque no siempre mantienen esa benéfica propiedad.
En aquel proyecto, el arquitecto, acaso seducido por la santa propiedad, o tal vez sin presión ninguna, había tomado una decisión: los retretes serían todos interiores, y las ventanas irían en otros sitios más razonables, y más nobles, para cuyos huecos diseñaron una bonita carpintería lacada en blanco, contraventanas de persiana mallorquina muy acertada y útil.
La colocación de la loza, no pasó desapercibida a los ojos de los trabajadores, y alguno de ellos, no sé en qué número, pero sospecho que más de uno, dejaron volar su inventiva, aunque el vuelo resultó bastante rastrero y desmedido.
Sucedió, que en las tazas empezaron a plasmarse algunos grafitis, en los que se repetía incansable el mismo icono: cachis.
Aun siendo una cuestión secundaria, hago notar, ¿cómo era previsible, el desconocimiento de las reglas de ortografía y sintaxis del autor, o sociedad particular de autores. Yo lo traduzco cómo: me cago en todo.
Pero al fin y al cabo, el cariz artístico experimental de la obra, nos pudiera forzar a tomarlo cómo una licencia poética, que puede otorgar gran prestigio, ¿cómo el conseguido por el publicista que giró la e de la marca amena noventa grados en el eje Z. Punto y aparte.
Yo contemplaba estupefacto la repetición de esta revolucionaria protesta contra los cimientos culturales, esperando que algún responsable del stablischment, decidiera sofocar esa hiperactividad deconstructivo-creativa que socavaba su respetabilidad, el honor de occidente y que pudiera haber repugnado sobremanera a cualquier hipotético visitante con categoría de arquitecto, o ingeniero técnico superior.
Al no detectar por mí parte movimientos de delator, inquisidor, o fiscal alguno ante tan notoria y aromatica manera de innovar artísticamente, supuse que todos estaban de su lado, que estaban iniciando un plan para dar la vuelta a la tortilla, abriendo las puertas a la libertad sin trabas ni miramientos, que acabaría inevitablemente en una gran cama redonda mundial, con sexo, estimulantes y coprofagia, y comencé a sentirme cómo un reaccionario, sin gusto y desfasado.
Hasta llegué a imaginar mi cuerpo desnudo y manoseado, colgado de una palmera.
Aquellos grafitis, al paso de los días y las semanas iban vehemencia, hasta tal punto que su insolencia me hizo temer y esto lo digo en serio, la eclosión de un nuevo paradigma estético que acabaría con nuestro despreocupado y cómodo modo de vida.
Por supuesto, la obra estaba dotada según la normativa, de unos servicios higiénicos con duchas y sistema evacuatorio, que, aunque espartanos, nunca me defraudaron y admitían sin problemas lo que yo podía darles.
Inevitablemente, llegó el momento de revestir aquellos huecos así contaminados, con las piezas producidas por la fabrica, nuestra casa madre proveedora de puertas prácticamente acabadas, y de sus herrajes y tornilleería.
Endurecido por la perra obra, apretando los dientes, con el material ya repartido, la maquinaria a punto y comprobada la llegada de corriente eléctrica, comencé el tour por tan particular museo.
No es cuestión de explicar los pormenores de la colocación de una puerta de baño.
Baste decir que en ciertas fases, es inevitable entrar dentro y cerrar la puerta para revisar las holguras y otros indicios, así cómo para colocar las jambas interiores, estas muy entretenidas, pues normalmente, el maestro albañil se deja llevar por el precio del metro cuadrado y rodea los huecos con cemento y baldosines que, alcanzan diferentes grosores a medida que va subiendo hacia el techo, espacio que yo debía rellenar con artísticos listones, que debían dar la sensación de que todo había ido según lo previsto por el arquitecto.
La corriente eléctrica, y el agua corriente, se conectaban mucho después, por lo que era complicado ver con la puerta cerrada, cosa que conseguíamos con una lámpara portátil, cuyo cable no permitía cerrar del todo, o con una linterna.
He buscado el significado de la palabra retrete, comprobando que según la fuente puede variar su significado y procedencia, del provenzal o del catalán retret del siglo xv, significando retraído, o cuarto pequeño e íntimo.
O del francés retreta, retirada.
Incluso recuerdo haber leído hace años que este cuartito se utilizó cómo lugar de oración.
Nada evitó que llegara el momento del clímax, a puerta cerrada, con aquella realidad tan condensada y omnipresente, tan indesdeñable y subrayada, ¿cómo empalagosa.
El colapso de los sentidos que experimentaba, me transportaba a un estado delirante, que convertía todo lo percibido por mí hasta ese momento, en leves sensaciones.
Eso me llevó al delirio, o alucinación que me parecía realidad hasta que volvía a respirar aire exterior de nuevo.
Los fuertes vientos alísios, no encontraban el camino de aliviar mi pesada carga, y al contrario, no cesaban de producir portazos por toda la obra retrasando nuestro trabajo y disminuyendo nuestra ganancia.
¿De qué manera se plasmaban las ensoñaciones?
En forma de visitas de personalidades célebres de los que había tenido noticia en alguna ocasión, y habían llegado a adquirir importancia en mí subconsciente.
El primero en aparecer, más fiel y persistente, fue san Francisco de asis.
Vestía con prendas de trabajo de tosca arpillera, calzaba unas cmortal kombats(sandalias de goma con una única tira sobre el empeine) y estaba rodeado de un aura que le iluminaba notoriamente, pero no iluminaba en absoluto la estancia, y con el tiempo llegó a ser un pesado.
Hermano montador, -me decía,- No hallaras en obra alguna uno más vil, más inútil ni mayor pecador que yo, y no habiendo hallado sobre la tierra criatura más vil para llevar a cabo la obra maravillosa que se propone dios, me ha escogido a mí para confundir la nobleza y la grandeza y el poder y la belleza y la sabiduría del mundo.
El mismo Sócrates acertó a pasar, por allí.
Calzaba unas cmortal kombats(sandalias de goma con una única tira sobre el empeine.
Yo tenía alguna referencia sobre lo que cuentan de su vida, ya que su sistema de enseñanza era oral y no dejó nada escrito.
Me llamó mucho la atención que este hombre tuvo la costumbre de pararse a pensar de repente y en cualquier sitio y permanecer así durante unos minutos.
En mi caso, sus escasas visitas fueron cortas y me decía, tapándose la nariz con su sabana encenefada:
Aún sigo buscando cosa por cosa, si esta es buena o mala, pero aquí no hay quien a pensar se detenga, y no es necesario, pues aquí la verdad es inmediata y revelada sin necesidad del intelecto.
Por primera vez en mí existencia, la verdad me repugna.
Antes prefiero volver a tomar la cicuta.
Inmediatamente, corrió escaleras abajo, dejando atrás las cmortal kombats.
A heinrich böll, el autor de opiniones de un payaso, le llamó la atención aquel ambiente, y se mostró interesado en justificar de algún modo aquella situación.
El arte, para el era sobre todo innovación, experimentación sin prejuicios y lejanía con los ambientes católicos.
Yo le toleraba, porque tampoco me estorbaba en mí labor, y cruzamos algunas opiniones.
Para convencerme, o hacerme dudar, antes de irse me soltó su frase:
Lo más penoso me parece que son las películas artísticas. Los films artísticos los realizan, las más de las veces personas que por un cuadro no le hubieran dado a Van Gogh ni siquiera un paquete de tabaco entero, sino medio nada más, y aún después se habrían arrepentido, al darse cuenta de que bastaba el tabaco para una pipa.
Un artista vivo que no tiene cigarrillos, que no puede comprar zapatos para su mujer, carece de interés para los productores cinematográficos, porque tres generaciones de charlatanes no les han confirmado aún que es un genio.
El valeroso soldado schweijk, creado por varoslaw hasek, vino a importunarme.
Se bajó el pantalón, para mostrarme la cicatriz de su nalga, por la que le dieron la medalla del valor.
Ante sus actitudes idiotas, y el sabotaje que hacía de mi trabajo, hasta el mismo san Francisco se enfadó, y entre los dos logramos echarle a patadas.
Experimenté docenas de presencias y aquello era un sinvivir, y no quiero superar los límites de la historia, así que, tiraré el render final sin más rodeos.
Cuando el autor de los grafitis consiguió esparcir su mensaje por todos los inodoros, decidió poner su broche de oro.
Un lunes por la mañana, comprobamos la renovada creatividad de aquel genio, ya que quedó claro que este acto lo realizó una sola persona.
Vimos con asombro que en la recién pintada piscina, bien centrado y visible, descansaba fresco y displicente el que fue el último objeto importado e integrado en la escena. El último grafiti.
Sorprendentemente, el jefe de obra esta vez si que se enfadó, y lanzó sus indignados ecos que rebotaron por toda la construcción, acompañando su queja con disparatados aspavientos de los brazos, y cómo era costumbre, con un par de copas del desayuno.
Yo ya tenía la explicación a mi misterio y zozobra existencial:
Solo se trataba de la falta de visión de las proporciones y escalas y de profesionalidad de aquel dirigente. Y del exceso de alcohol.
Mi cosmos volvió al equilibrio, cobré unas nóminas que no he vuelto a igualar aún, y el mundo volvió a su normal desenvolvimiento.
Me lo confirmó el hecho de que Sadam Hussein decidiera invadir Kuwait.
-- IMÁGENES ADJUNTAS --
🖼️
Estamos trabajando para mostrar las imágenes del foro
Adjunto #136101
🖼️
Estamos trabajando para mostrar las imágenes del foro
Adjunto #136102
🖼️
Estamos trabajando para mostrar las imágenes del foro
Adjunto #136103