El informe demográfico de 2025 muestra que Francia registra más muertes que nacimientos, un hecho que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial. Un artículo de opinión en Le Monde argumenta que esta tendencia, que forma parte de un fenómeno global, no debe percibirse únicamente como una crisis. En su lugar, plantea que puede ofrecer oportunidades para afrontar algunos problemas estructurales del país, obligando a adaptar políticas públicas a una nueva realidad.


La caída de la natalidad puede aliviar presiones ambientales y sociales

A nivel global, reducir la presión humana sobre los ecosistemas es uno de los posibles efectos. En el ámbito nacional, una población que se estabiliza o reduce puede ayudar a resolver la escasez de vivienda a medio plazo y a equilibrar la demanda en el sistema educativo, sin que sea necesario aumentar el gasto público para construir más escuelas. Esto podría permitir redistribuir recursos para mejorar la calidad de la enseñanza y reducir desigualdades.

Una población que envejece plantea retos y obliga a reformar

El envejecimiento de la población supone un desafío evidente, sobre todo para cuidar a las personas mayores. Sin embargo, también puede reducir el desempleo crónico al encoger la fuerza laboral disponible y obliga a reformar un sistema de bienestar social que históricamente dependió del crecimiento demográfico continuo. La transición sugiere que adaptarse a esta nueva demografía es más viable que intentar revertir la tendencia para volver a un ideal de crecimiento perpetuo.

Mientras algunos ven un invierno demográfico, otros perciben la oportunidad de dejar de construir sobre arena y empezar a consolidar lo que ya existe, aunque signifique tener que compartir el ascensor con menos vecinos, pero quizá con más tranquilidad.