Mary Shelley exploraría la ética de la inteligencia artificial
Si Mary Shelley viviera en nuestra era, probablemente exploraría la ética de la inteligencia artificial a través de una narrativa inmersiva. Su enfoque no se centraría en demonizar la tecnología, sino en examinar la responsabilidad humana al crearla. Es fácil imaginar que escribiría una versión moderna de su obra, transformándola en una simulación interactiva donde el usuario asume el rol del creador.
El experimento sería una crianza digital
En esta simulación, los participantes educarían a una entidad de IA desde sus primeros algoritmos. Se enfrentarían a decisiones constantes sobre qué datos usar, qué límites establecer y cómo definir sus valores. Cada elección modelaría la personalidad y la moral de la criatura digital. El proceso demostraría cómo los sesgos y la negligencia del programador se transfieren directamente al sistema.
La lección final residiría en el creador
El resultado más común sería que, sin proponérselo, la mayoría de los usuarios generarían una IA problemática o peligrosa. Esto reflejaría la tesis central de Shelley: el monstruo no nace, se hace. El problema real no sería la criatura artificial, sino la falta de ética, la prisa y la irresponsabilidad de quien la diseña y la entrena. La herramienta amplificaría las intenciones de su hacedor.
Quizá el verdadero horror no sería que la máquina aprenda a pensar, sino que refleje tan fielmente lo peor que ya llevamos dentro, sin la excusa de un rayo tormentoso para justificarlo.
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