El rey Ramiro II de Aragón gobierna un reino donde los nobles más poderosos desafían su autoridad. Estos señores se niegan a obedecer y actúan con total independencia, lo que debilita la corona. El monarca, cansado de esta situación, busca una solución definitiva para acabar con la rebelión y consolidar su poder.


El rey idea un plan para reunir a los nobles rebeldes

Ramiro II envía un mensajero a su antiguo maestro, el abad de San Ponce de Tomeras, para pedir consejo. El abad no responde con palabras, sino que lleva al mensajero a su huerto y corta las coles que sobresalen más. El rey interpreta este gesto como una señal clara: debe eliminar a los que destacan por su deslealtad. Entonces, convoca a todos los nobles rebeldes a la ciudad de Huesca, prometiendo mostrarles una campana cuyo sonido se oirá en todo el reino.

La macabra metáfora se convierte en una realidad sangrienta

Los nobles, curiosos, acuden a la cita. El rey los hace entrar uno a uno en una sala, donde sus guardias los detienen y decapitan. Coloca las cabezas de los traidores en círculo, con la del principal instigador colgando en el centro a modo de badajo. Así, forma la terrible campana que había prometido, un símbolo de su venganza y una advertencia para quien ose desafiarlo de nuevo. Este acto restablece el orden en el reino de forma inmediata y duradera.

Dicen que, desde entonces, en Huesca prefieren los relojes de pulsera.