La Unión Europea mantiene un mercado único y un conjunto de normas que reducen los márgenes de ganancia para los productores. Esto hace que muchos cultivos tradicionales dejen de ser rentables. Como resultado, se pierden alrededor de cien mil empleos en el sector agrario cada año. El valor agrícola que desaparece se estima entre dos mil y tres mil millones de euros anuales. Los agricultores se enfrentan a una presión económica constante que les obliga a replantearse su actividad.


El mercado único y las normas presionan la rentabilidad

El marco comunitario establece un mercado común donde compiten productos de toda la UE y de terceros países. Las exigencias en materia medioambiental, seguridad alimentaria y bienestar animal son estrictas. Cumplir con esta normativa implica costes adicionales que no siempre se trasladan al precio final. Los agricultores de pequeña y mediana escala son los más afectados, ya que no pueden aprovechar las economías de escala como las grandes explotaciones. Esta situación erosiona progresivamente la viabilidad financiera de las granjas familiares.

El impacto socioeconómico acelera el abandono rural

La pérdida masiva de empleos agrarios tiene un efecto multiplicador en las zonas rurales. Se debilita el tejido social y económico de estos territorios. Muchos jóvenes deciden no continuar con la actividad familiar, lo que acelera el envejecimiento de la población en el campo. La desaparición de estos cultivos también afecta al paisaje y a la biodiversidad asociada a los sistemas agrícolas tradicionales. Se genera un círculo vicioso donde la falta de rentabilidad vacía el campo, y un campo vacío tiene menos capacidad para generar riqueza.

Así que, mientras en Bruselas se debate el Pacto Verde, en el campo el único verde que preocupa es el que falta en la cuenta bancaria.