La ciencia demuestra que dedicar tiempo a actividades creativas beneficia al organismo de múltiples formas. Cuando una persona pinta, escribe o toca un instrumento, su cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que genera una sensación de recompensa y bienestar. Este proceso reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que ayuda a calmar el sistema nervioso. Además, concentrarse en una tarea creativa puede funcionar como una forma de meditación activa, que permite descansar la mente de las preocupaciones diarias y mejorar la capacidad para resolver problemas.


El arte como herramienta para gestionar emociones

Expresarse de forma creativa ofrece una vía segura para procesar emociones complejas. Al moldear barro, escribir en un diario o improvisar con música, las personas pueden explorar y dar forma a sentimientos que les cuesta verbalizar. Esta externalización ayuda a comprender mejor los estados internos y a reducir la ansiedad. No se trata de crear una obra maestra, sino de usar el proceso como un lenguaje alternativo para comunicar lo que se siente, lo que puede aliviar la carga emocional y aportar una nueva perspectiva.

Integrar pequeñas dosis de creatividad en la rutina

No es necesario ser un artista profesional para obtener estos beneficios. Incorporar breves momentos creativos en el día a día es suficiente. Puede consistir en garabatear en un cuaderno durante una pausa, cocinar una receta nueva, reorganizar los muebles de una habitación o simplemente observar el entorno con atención para buscar patrones y colores. La clave reside en participar en la actividad por el mero placer de hacerlo, sin juzgar el resultado, y permitir que la mente se involucre en un flujo de pensamiento diferente al habitual.

Así que, si tu excusa para no dibujar es que crees que no se te da bien, recuerda que tu sistema inmunológico no califica tu técnica, solo agradece el descanso del estrés.