La AP-7 en su tramo entre Cataluña y la Comunidad Valenciana presenta numerosas interrupciones y proyectos inconclusos que reflejan una planificación vial fragmentada. Estos tramos abandonados incluyen viaductos a medio construir y túneles que terminan abruptamente, creando una infraestructura que nunca alcanzó su propósito original de conectar eficientemente el territorio. Las obras paralizadas han generado no solo problemas de movilidad sino también un paisaje urbano y natural marcado por estas cicatrices de hormigón.


El impacto de las variantes no construidas

Las variantes que nunca se materializaron han dejado secuelas significativas en la red viaria, obligando a los conductores a desvíos prolongados y aumentando la congestión en tramos alternativos. Esta situación afecta especialmente al transporte de mercancías y al turismo, dos pilares económicos de la región, que dependen de conexiones rápidas y seguras. La falta de continuidad en la AP-7 no solo ralentiza los trayectos sino que incrementa los costes operativos y los tiempos de viaje, generando frustración entre usuarios y empresas.

Las causas detrás de las obras paralizadas

Los proyectos de infraestructura en esta zona han enfrentado múltiples obstáculos, desde recortes presupuestarios hasta disputas administrativas entre gobiernos autonómicos y estatales. La crisis económica de 2008 marcó un punto de inflexión, congelando inversiones y replanteando prioridades, lo que dejó muchas obras en un limbo legal y financiero. A esto se suman problemas ambientales y de expropiaciones que complicaron aún más la finalización de los tramos, creando un escenario donde lo planificado choca con la realidad ejecutiva.

Estas autopistas fantasma se han convertido en monumentos involuntarios a la burocracia, donde los carteles de proyecto en ejecución parecen más una promesa olvidada que una realidad inminente, ideal para selfies irónicos junto a barreras que nunca se moverán.