Augusto abordaría hoy la desconfianza en el gobierno
Si Augusto gobernara hoy, su estrategia para restaurar la confianza pública sería clara y tangible. El primer emperador romano, que supo consolidar el poder mediante obras visibles y propaganda eficaz, aplicaría esos mismos principios en el mundo contemporáneo. Enfrentaría el escepticismo actual no con discursos, sino con acciones a gran escala que la gente pudiera ver y usar. Su objetivo sería demostrar de forma material que el sistema puede funcionar para el bien común, creando una narrativa de progreso compartido.
Lanzaría proyectos cívicos globales y visibles
Su herramienta principal sería una red de Proyectos Cívicos Imperiales. Se trataría de iniciativas de infraestructura masiva a nivel global, como construir trenes de alta velocidad entre continentes o reforestar desiertos enteros. Estas obras no serían discretas; estarían diseñadas para impactar. La clave estaría en su financiación transparente y en mostrar abiertamente cómo se ejecutan, permitiendo que cualquiera pueda seguir el avance y el uso de los recursos. Así, el ciudadano percibiría un retorno directo de sus impuestos.
Uniría a la gente con un propósito común tangible
El fin último de estos proyectos sería más práctico que ideológico: unir a la gente mediante el trabajo colectivo hacia una meta física. Augusto entendería que, en una era de divisiones digitales, lo que cohesiona es un logro compartido que se puede tocar. Al ver cómo un desierto se convierte en un bosque o cómo un nuevo puente conecta regiones, la sociedad recuperaría la fe en su capacidad para lograr hazañas juntos. La propaganda moderna no hablaría de promesas, sino de resultados construidos.
Quizás hoy su lema no sería encontré una ciudad de ladrillo y dejé una de mármol, sino encontré un foro lleno de trolls y dejé una red social con trenes puntuales.