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Guión de cine distópico sobre el reparto de la Antártida
El guión propone una escena histórica distorsionada que subvierte el Tratado Antártico original. En lugar de firmar para preservar el continente para la paz y la ciencia, los líderes de las últimas megacorporaciones se reúnen para repartir sus recursos. La acción se sitúa en una base geotérmica, un refugio en una Antártida que ya no existe, derretida por el colapso climático. Sobre un mapa holográfico del continente recién expuesto, negocian los últimos activos vírgenes del planeta.
La firma que divide en lugar de unir
La escena parodia el acto solemne de 1959. Aquí, no hay banderas nacionales, sino logotipos corporativos proyectados en las paredes de hielo sintético. Los delegados no son diplomáticos, sino directores ejecutivos con trajes adaptados al frío residual. El documento que firman no prohíbe reclamaciones territoriales, sino que las legaliza y adjudica. Cada firma estilizada en una pantalla táctil sella el destino de un sector rico en minerales estratégicos, acuíferos no contaminados o bancos de virus pre-colapso.
Los recursos como botín final
El conflicto central es económico y existencial. Las corporaciones no miden su poder en armas, sino en acceso a lo que ya no se encuentra en ningún otro lugar: agua pura, tierras raras sin radiar y material genético anterior a las extinciones masivas. El mapa holográfico se secciona con líneas limpias que ignoran la geografía real, como un tablero de monopolio postapocalíptico. El diálogo se centra en intercambiar cuotas de extracción y cláusulas de exclusividad, mientras fuera, el viento aúlla sobre un paisaje de roca desnuda y glaciares desaparecidos.
La ironía reside en que, para salvar lo que queda de humanidad, sus líderes ejecutan el mismo proceso de explotación que causó el desastre. Celebran su nuevo tratado con un brindis de agua antártica filtrada, el recurso más preciado.