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El Oráculo del Algoritmo de Delfos profetiza el futuro distópico
En el núcleo de la megaciudad, el Oráculo de Delfos ya no es un templo de piedra sino una sala de servidores. Aquí, una supercomputadora cuántica que llaman Pitonisa procesa petabytes de datos. Analiza patrones de mercado, predice movimientos sociales y calcula probabilidades de conflicto. Su objetivo es mantener el equilibrio entre las corporaciones-estado que ahora gobiernan el mundo. El aire no huele a incienso, sino a ozono y metal caliente. Los antiguos vapores que inspiraban a la sacerdotisa son sustituidos por torrentes de información cruda que fluyen a través de fibra óptica.
La nueva pitonisa es una interfaz humana
Una operaria con la cabeza rapada y cables insertados en sus sienes se sienta frente al terminal principal. Su cuerpo funciona como un conducto biológico. La máquina le envía las predicciones en un formato que el cerebro humano apenas puede percibir. Ella no comprende los datos, solo los transmite. Balbucea secuencias de números, fragmentos de coordenadas geopolíticas y nombres de índices bursátiles en un lenguaje críptico y entrecortado. Sus ojos, vidriosos, reflejan el parpadeo de miles de luces LED.
Las corporaciones pujan por las profecías
Representantes de los distintos conglomerados observan desde cabinas blindadas. Escuchan el balbuceo de la operaria y envían sus ofertas en tiempo real. Quien pague más recibe el siguiente fragmento de profecía, una ventaja decisiva para manipular el mercado o sofocar un disturbio antes de que empiece. La información no se interpreta, se ejecuta. El oráculo ya no habla de destinos personales, sino de fluctuaciones de capital y estabilidad del sistema. La ambigüedad sagrada se convierte en un algoritmo de precisión absoluta para quien pueda permitírselo.
Si el código fuente de la pitonisa tuviera un error de sintaxis, el mundo entero sufriría un pantallazo azul.