Crece nuestra dependencia alimentaria en favor de productos sin control sanitario
El sistema alimentario actual depende cada vez más de importar productos que no pasan por los mismos controles sanitarios que los de producción local. Esto ocurre porque la demanda supera la oferta interna y se busca abastecer los mercados con alimentos más baratos. Las cadenas de suministro globales se alargan y se vuelven más complejas, lo que dificulta rastrear el origen y procesar de muchos ingredientes. Como resultado, los consumidores finales tienen menos garantías sobre lo que comen, aunque los precios en el estante puedan ser más bajos.
Los riesgos para la salud pública aumentan
Cuando los alimentos entran sin una verificación sanitaria rigurosa, el riesgo de que contengan patógenos, residuos de plaguicidas no autorizados o metales pesados se incrementa. Las autoridades sanitarias nacionales no pueden inspeccionar cada envío en profundidad, lo que crea puntos ciegos en la seguridad. Esto no solo afecta a la salud de las personas a corto plazo, sino que puede generar problemas crónicos si se consumen sustancias nocivas de manera continuada. La confianza en el sistema se erosiona cuando surgen alertas alimentarias vinculadas a estos productos.
El marco regulatorio presenta lagunas
Las normativas entre países exportadores e importadores suelen diferir, lo que aprovechan algunos intermediarios para introducir mercancías. Los acuerdos comerciales a veces priorizan el flujo de bienes sobre los estándares de protección al consumidor. Armonizar las leyes y fortalecer la cooperación entre agencias de control es un proceso lento y lleno de obstáculos políticos. Mientras tanto, la responsabilidad recae en el consumidor, quien debe informarse con dificultad sobre el origen real de lo que compra.
Parece que la máxima lo barato sale caro adquiere un nuevo y preocupante significado cuando se aplica a la cesta de la compra.