La luz fluorescente agrava la sensibilidad química múltiple
Para las personas que padecen Sensibilidad Química Múltiple (SQM) o fotosensibilidad, la luz fluorescente común en oficinas y comercios representa un factor de riesgo que puede empeorar su estado. Este tipo de iluminación no solo brilla, sino que también emite un parpadeo imperceptible para muchos, pero que su sistema neurológico hiperreactivo sí detecta. El espectro de luz que genera, junto a ese titileo constante y, en ocasiones, un zumbido de baja frecuencia, actúa como un detonante. Estos elementos combinados sobrecargan su percepción sensorial y desencadenan una respuesta de estrés fisiológico severo.
El parpadeo y el espectro luminoso afectan al sistema nervioso
El problema central reside en cómo el cerebro procesa estos estímulos. El parpadeo de los tubos fluorescentes, aunque rápido, puede interferir con las ondas cerebrales en individuos sensibles, lo que provoca cefaleas, mareos y dificultad para concentrarse. Además, el espectro de luz que emiten suele tener picos en ciertas longitudes de onda, especialmente en el azul, que resultan molestas y pueden incrementar la fotofobia. Esta agresión sensorial continua fuerza al cuerpo a mantenerse en un estado de alerta y defensa, agotando sus recursos y exacerbando el malestar general y los síntomas neurológicos.
El entorno construido se convierte en un campo minado
Esto transforma espacios públicos y de trabajo en entornos potencialmente hostiles para estas personas. Ir a un supermercado, una consulta médica o una oficina pública implica exponerse a un factor desencadenante conocido y evitable. La falta de alternativas de iluminación, como la luz LED de espectro completo y sin parpadeo, o la natural, limita su capacidad para participar en la vida social y laboral con normalidad. Se ven obligadas a planificar sus salidas, usar gafas de protección especiales o, en casos extremos, a aislarse para evitar una crisis.
La ironía es que una tecnología diseñada para iluminar eficientemente acaba sumiendo a algunas personas en una penumbra de síntomas, confinándolas a espacios donde puedan controlar cada bombilla, como si la luz misma se hubiera vuelto tóxica.