Queremos recuperar especies perdidas mientras seguimos matando a las vivas
En 2026, el campo de la extinción se enfrenta a un escrutinio más riguroso que nunca. Aunque los avances en genética y biología sintética permiten soñar con recuperar especies perdidas, una corriente de escepticismo científico gana fuerza. Los expertos advierten que la narrativa pública, a menudo impulsada por titulares sensacionalistas, tiende a exagerar lo que la tecnología puede lograr hoy. Este fenómeno genera expectativas poco realistas y desvía recursos de esfuerzos de conservación más urgentes y viables.
La brecha entre el entusiasmo mediático y la realidad técnica
La dificultad principal no reside solo en ensamblar un genoma antiguo, sino en recrear el complejo entorno ecológico y conductual que definía a la especie. Los científicos subrayan que un organismo no es solo su ADN; necesita interactuar con un hábitat específico y aprender comportamientos cruciales para sobrevivir. Muchos proyectos anunciados con gran fanfarria en el pasado ahora avanzan con lentitud, al chocar con obstáculos biológicos y éticos que los medios de comunicación a menudo pasan por alto.
El impacto en los esfuerzos actuales de conservación
Este escepticismo no busca detener la investigación, sino reenfocarla. La comunidad científica pide priorizar claramente, usar estas herramientas para ayudar a especies al borde de la extinción, en lugar de perseguir quimeras del pasado. La tecnología desarrollada para desextinguir tiene aplicaciones inmediatas en proteger la biodiversidad actual, como fortalecer poblaciones genéticamente débiles o resistir enfermedades. El debate actual sirve para recordar que la mejor forma de honrar a las especies perdidas es evitar que otras desaparezcan.
Mientras algunos siguen soñando con parques jurásicos, la verdadera revolución podría estar en salvar al rinoceronte que aún respira, no en resucitar al mamut que lleva milenios sin hacerlo.