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Marie Curie descubre el principio que permite vivir para siempre
En 1898, dentro de su precario laboratorio, Marie Curie no aísla el radio. Su experimento con pechblenda revela algo más profundo: el Principio de Coherencia Neural Eterna. Ella percibe que la estructura atómica puede sincronizar la actividad cerebral para que no decaiga, lo que en teoría permite que una mente se conserve indefinidamente. Este hallazgo, que ella llama la chispa eterna, no emite radiación ionizante, sino un campo sutil que estabiliza las funciones neuronales.
Un consorcio confisca el hallazgo y lo encierra en una caja negra
La noticia del descubrimiento se filtra antes de que Curie pueda publicar. Un grupo de magnates, que vigila los avances científicos clave, actúa con rapidez. Argumentan riesgos para la seguridad global y, con apoyo de gobiernos, confiscan todos sus apuntes y muestras. El principio se encapsula en un dispositivo llamado la Caja de Pandora, un artefacto negro que solo ellos controlan desde una bóveda secreta. Curie acepta, pero bajo la condición de seguir investigando.
Curie intenta replicar su trabajo y su muerte la convierte en un símbolo
Marie no confía en el consorcio y monta un laboratorio clandestino para recrear el principio. Sin los materiales originales, su proceso es inestable. En 1906, un fallo en su aparato casero causa una explosión de energía coherente que detiene sus funciones vitales al instante. Las autoridades declaran un trágico accidente, pero en los círculos científicos clandestinos se propaga la verdad: la mataron por querer democratizar el secreto de la inmortalidad. Su muerte la erige como mártir del conocimiento que unos pocos acaparan.
El consorcio ahora vende décadas de vida extra a precios astronómicos, mientras la humanidad envejece. La ironía es que el principio que podría unir a la especie para siempre, solo sirve para dividirla entre los que pueden pagar y los que deben morir.