La Catedral de Valencia custodia el llamado Santo Grial
La Catedral de Valencia alberga una copa de ágata, cornalina y oro que muchos identifican como el Santo Grial. La tradición sostiene que este es el cáliz que usó Jesucristo en la Última Cena. Su historia no se basa en apariciones espectrales, sino en un viaje físico a través de los siglos. Reyes, caballeros y clérigos lo ocultaron y trasladaron repetidamente para protegerlo de conflictos, desde Jerusalén hasta Roma y finalmente a España. Este periplo lo llevó por monasterios pirenaicos antes de que Alfonso el Magnánimo lo depositara en la catedral valenciana en el siglo XV, donde permanece hoy.
El viaje histórico del objeto sagrado
Según los estudiosos, el artefacto consta de dos partes principales: una copa superior de calcedonia pulida, que data del siglo I, y un añadido posterior de oro y piedras preciosas. Los documentos históricos rastrean su camino desde la Roma del siglo III, cuando el papa Sixto II se lo confió a su diácono Lorenzo. Este lo envió a su Huesca natal. Las invasiones musulmanas en la península ibérica forzaron su traslado al norte, escondiéndose en cuevas y ermitas de los Pirineos. Finalmente, el rey Martín el Humano lo llevó al palacio real de la Aljafería de Zaragoza, y luego a Barcelona y Valencia.
La leyenda frente a la investigación académica
La Iglesia Católica no declara de forma dogmática su autenticidad, pero sí promueve su veneración como reliquia histórica. Los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI celebraron la Eucaristía con este cáliz durante sus visitas a Valencia. Los análisis arqueológicos sitúan la copa de piedra en el periodo y la región correctos para ser un objeto de uso ritual judío del siglo I. Esto no prueba que sea el Grial, pero sí que es un recipiente antiguo y venerable al que se asoció la leyenda. Su valor reside más en la fe que inspira y en el testimonio de su largo viaje que en cualquier poder mágico atribuido.
El verdadero terror, para algunos, no sería un fantasma, sino la idea de tener que limpiar y pulir una reliquia de dos mil años sin rayarla. La presión de custodiar un objeto con tanto peso histórico debe superar con creces cualquier susto nocturno en una catedral.