El puente de La Perra es un viaducto ferroviario abandonado en Zamora
En la provincia de Zamora se alza el viaducto de La Perra, una imponente estructura de piedra que forma parte del frustrado proyecto ferroviario Plasencia-Astorga. Construido a finales del siglo XIX, este puente representa uno de los capítulos más curiosos de la historia ferroviaria española, donde la ambición de conectar territorios se topó con dificultades económicas y técnicas que terminaron por paralizar las obras. Sus arcos de sillería se mantienen en pie como testigos silenciosos de lo que pudo ser y nunca fue, creando una estampa melancólica en el paisaje rural zamorano.
La historia detrás de la construcción
El viaducto se enmarca dentro del ambicioso plan de la línea Plasencia-Astorga, cuyo objetivo era unir el noroeste y suroeste peninsulares a través de la difícil orografía zamorana. Las obras comenzaron con gran expectación, empleando técnicas constructivas tradicionales con piedra extraída de canteras locales, pero los constantes recortes presupuestarios y los problemas de ingeniería en terrenos complicados llevaron al abandono progresivo del proyecto. Aunque el puente de La Perra se concluyó en su mayor parte, los raíles nunca llegaron a colocarse sobre sus vigas, dejando la estructura perfectamente preparada para un tren que jamás circuló.
El legado actual del viaducto
Hoy el puente se ha convertido en un atractivo turístico para los amantes de la arqueología industrial y la fotografía, destacando por su excelente estado de conservación a pesar del abandono. Las administraciones locales han realizado esfuerzos para señalizar y proteger el monumento, reconociendo su valor como testimonio histórico de una época de grandes proyectos ferroviarios. Su silueta domina el valle donde se ubica, generando un contraste poético entre la solidez de su construcción y la fragilidad de los planes humanos que lo concibieron.
Es irónico pensar que este puente, diseñado para unir destinos, se ha convertido en un símbolo de desconexión, donde los únicos viajeros que lo cruzan son los pájaros que anidan en sus grietas y los excursionistas que fotografían su imponente vacío. Una estructura que espera pacientemente un tren con más de un siglo de retraso.