El policarbonato llega a la impresión 3D como un filamento de ingeniería que supera con claridad a ABS y PETG en resistencia mecánica, térmica y contra impactos. No es un material para principiantes: su procesamiento demanda temperaturas de extrusión elevadas, cama caliente y una cámara cerrada que evite deformaciones y delaminación. Para el profesional, esto significa piezas finales funcionales, pero con un control riguroso del entorno.
Parámetros críticos: Flujo, refrigeración y cámara cerrada 🔥
Dominar el PC exige ajustar el flujo con precisión para evitar hilos o subextrusión, y gestionar una refrigeración mínima o nula durante las primeras capas. La temperatura de la cama debe rondar los 110-130 grados, con adhesivos como cinta de poliimida o láminas de PC. Sin cámara cerrada, el diferencial térmico provoca warping y grietas entre capas. La velocidad de impresión se reduce para garantizar adherencia, y el secado previo del filamento es obligatorio: la humedad arruina cualquier intento de pieza resistente.
Cuando tu impresora suda más que tú en agosto 😅
Si creías que el ABS era quisquilloso, el policarbonato te va a enseñar humildad. Necesitas una cámara que parezca un horno de pizza y una paciencia de monje para que la primera capa no decida despegarse por capricho. Y cuando por fin logras una pieza perfecta, te das cuenta de que has pasado tres horas calibrando y una imprimiendo. Pero oye, al menos el resultado aguanta más que tu autoestima tras el octavo intento fallido.