Cuando el progreso en la seguridad ciudadana nos llena de cámaras por todas las esquinas, reconocimiento facial y botones de pánico en el móvil, ocurre que el miedo se institucionaliza. El vecino ya no cuida del vecino sino que lo delata, y la libertad retrocede tanto que andar sin ser vigilado se convierte en un acto sospechoso, como si el precio de la tranquilidad fuera vivir en una prisión de lujo.
El algoritmo que todo lo ve y nada olvida 🤖
Los sistemas de videovigilancia actuales integran inteligencia artificial capaz de identificar patrones de comportamiento en tiempo real. Cada paso que das es procesado por una red de nodos que cruzan datos con bases policiales. La tecnología promete reducir delitos, pero su implementación carece de marcos legales claros. El resultado es una sociedad donde la sospecha recae sobre cualquiera que no cumpla con la media estadística de normalidad. La privacidad se negocia a cambio de la ilusión de control.
Próximamente: multa por respirar sin permiso 😅
Pronto llegará la app que te avisa si has parpadeado demasiado en la cola del supermercado, porque eso podría ser sospechoso de planear un robo de chicles. Mientras tanto, puedes instalar la cámara que te delata a ti mismo si llegas tarde a casa. La seguridad avanza: ahora no solo te vigilan, sino que además te cobran la suscripción por el privilegio de ser grabado. Tranquilo, es por tu bien.