En 2017, AMD lanzó su arquitectura Radeon Vega con la esperanza de competir con NVIDIA en la gama alta. Sin embargo, la jugada salió mal por tres razones clave: una arquitectura GCN obsoleta, memoria HBM2 cara y escasa, y un consumo energético desorbitado. La RX Vega 64 rozaba los 300W, un lastre que los jugadores no estaban dispuestos a pagar.
GCN, HBM2 y frecuencias: la triple condena técnica 🔥
La veterana GCN, pese a ser funcional, carecía del soporte real de los desarrolladores para sus tecnologías más avanzadas. AMD optó por la memoria HBM2, más rápida pero costosa y con poca disponibilidad, frente a la eficiente GDDR5X de NVIDIA. Para colmo, subieron las frecuencias del núcleo para ganar rendimiento, lo que disparó el consumo hasta niveles extremos. El resultado fue una tarjeta caliente, ruidosa y con un rendimiento por vatio pobre.
La receta del fracaso: mucha potencia, pero con el ventilador a tope 💨
Al final, tener una Vega 64 era como tener un calefactor que de paso te dejaba jugar. Los usuarios tenían que elegir entre rendimiento o no fundir la factura de la luz. Y los desarrolladores, ni caso a las funciones especiales de GCN. En 2019, AMD dijo basta, reconoció el error y dio carpetazo a GCN para crear la arquitectura UDNA. Más vale tarde que nunca, pero menudo sudor frío.