Cada verano se repite el ritual. Vecinos y turistas se quejan de la saturación en las playas, con fotos de toallas pegadas y sombrillas a milímetros. Organizan protestas en redes sociales, firman peticiones y hasta convocan quedadas. Pero al final, el domingo siguiente, allí están todos, con su nevera portátil y su crema solar, ocupando el mismo espacio que criticaban. El problema no es la playa, sino la falta de un plan B.
La lógica de la geolocalización y el algoritmo del caos 🏖️
Las aplicaciones de mapas y redes sociales impulsan el problema. Cuando una playa aparece como popular en Google Maps o TikTok, el algoritmo la convierte en destino obligado. No hay regulación técnica que limite el flujo de personas en tiempo real. Sistemas como los sensores de aforo existen, pero no se implementan por falta de inversión o voluntad política. El resultado es un colapso predecible: todos van al mismo sitio porque el móvil les dice que es el mejor, sin considerar alternativas.
La protesta digital que acaba en selfie y cubata 📱
Lo curioso es que muchos de los que se quejan en Twitter son los mismos que luego suben stories con la frase playa de ensueño. La protesta se convierte en contenido. Un vídeo de la masificación suma likes, pero al día siguiente el creador del vídeo ya está reservando su sitio con la toalla a las 8 de la mañana. Es como quejarse de que el ascensor está lleno mientras te aprietas para entrar. La solución no es protestar, sino madrugar o ir a la playa de al lado. Pero eso ya no da tanto like.