La comedia romántica francesa La Vénus électrique ha sido la encargada de inaugurar el Festival de Cannes, y lo hace con un tono amable que contrasta con la habitual solemnidad del certamen. La película, una producción comercial bien construida, ofrece una trama sencilla sobre un inventor y su musa en el París de la Belle Époque. Lejos de pretender un discurso profundo, apuesta por el entretenimiento sin complejos, logrando una función ligera que, sin aspavientos, cumple con su propósito de arrancar sonrisas al público de la Croisette.
El truco técnico: efectos prácticos y ritmo de guion 🎬
Desde el punto de vista técnico, La Vénus électrique se apoya en efectos prácticos y una fotografía que recrea con solvencia los talleres y salones de finales del siglo XIX. La dirección evita el montaje frenético y prefiere planos secuencia que permiten lucir el trabajo de los actores y la escenografía. El guion, escrito por la propia directora, estructura sus gags en torno a la mecánica del equívoco y la confusión romántica, sin recurrir a giros forzados. El resultado es un producto que conoce sus limitaciones y las explota con oficio, ofreciendo una experiencia visual coherente y entretenida.
El drama de ser la película que abre Cannes 🍿
Ser la cinta inaugural de Cannes es como ser el aperitivo de una cena de siete platos: nadie te recuerda, pero si fallas, arruinas la velada. La Vénus électrique asume ese papel con la dignidad de quien sabe que no es plato fuerte, sino un modesto canapé de salmón. No busca el aplauso de la crítica ni la Palma de Oro, solo que el público no salga corriendo a la primera escena. Y lo logra, aunque sea a costa de que los cinéfilos más sesudos la comparen con un capítulo largo de una serie de sobremesa.