La trilogía de reinicio de Star Trek, iniciada en 2009 con la visión de J.J. Abrams, ha pasado de ser un experimento divisivo a consolidarse como una opción recurrente para maratones de fin de semana. Con un ritmo ágil y un reparto carismático, estas películas ofrecen una puerta de entrada accesible al universo Trek. Su revalorización constante entre los aficionados demuestra que, más allá de las polémicas iniciales, la saga Kelvin funciona como un entretenimiento sólido y autónomo.
Efectos visuales y diseño de producción: el motor de la saga 🚀
La tecnología empleada en la trilogía Kelvin marcó un antes y un después en la franquicia. Abrams apostó por una mezcla de efectos prácticos y CGI de vanguardia, con la Enterprise como protagonista absoluta. El rodaje con cámaras anamórficas y lentes de gran angular dotó a las naves y escenarios de una profundidad de campo inusual. La iluminación con lentes flare, aunque criticada, se convirtió en una firma visual. El diseño sonoro, con motores warp retumbantes y faserazos contundentes, completó una experiencia inmersiva que envejece con dignidad técnica.
Cuando Spock y Kirk parecían dos colegas de oficina ☕
Lo curioso de esta trilogía es que, pese a sus naves espaciales y viajes en el tiempo, los conflictos recuerdan más a una discusión de pasillo entre departamentos que a una odisea galáctica. Kirk es el becario rebelde que llega tarde, Spock el jefe de IT que lo odia, y Scotty el técnico que resuelve todo con café. Si añades a un villano que habla como un CEO furioso, tienes la película más corporativa del espacio exterior. Ideal para ver en pijama mientras ignoras tus propios correos del trabajo.