Forjado en la escuela clásica de la animación, Hiroyuki Morita logró lo que pocos: dirigir un largometraje para Studio Ghibli sin ser uno de sus fundadores. Su obra más conocida, Haru en el reino de los gatos, se sostiene sobre una fantasía amable y una expresividad que recuerda a los grandes maestros del dibujo animado. Morita entiende que la fluidez del movimiento no es un adorno, sino el vehículo para una narrativa clara que despierta la maravilla en el espectador. También dejó su sello en la serie Bokurano, demostrando que su mirada puede adaptarse a tonos más sombríos sin perder su esencia.
Animación tradicional y planificación de secuencias en la obra de Morita 🎬
Desde el punto de vista técnico, Morita prioriza la animación sobre el diálogo. En Haru en el reino de los gatos, las transiciones entre escenas se resuelven con cortes precisos que mantienen la continuidad del movimiento. Cada fotograma clave está dibujado para guiar la mirada del espectador sin necesidad de explicaciones verbales. Morita utiliza una paleta de colores suaves y fondos detallados que refuerzan la atmósfera de cuento, pero sin caer en el exceso de texturas digitales. Su método recuerda al de los estudios clásicos: storyboards muy definidos, animación limitada en ciertos planos y un uso calculado de los tiempos muertos para dar peso emocional a las acciones.
Cuando dirigir una película de gatos es más difícil que criar a uno real 🐱
Que Morita lograra que Haru en el reino de los gatos no fuera un desfile de bolas de pelo sin sentido ya es un mérito. Porque, seamos sinceros, hacer que un gato animado parezca un gato de verdad es complicado, pero hacer que además tenga personalidad y no se dedique solo a maullar o a tirar cosas de una mesa es casi un milagro. Morita lo consiguió sin recurrir a explosiones ni dramas épicos, solo con una historia sobre una chica que aprende a decir que no. Y encima los gatos no se comen a los pájaros del fondo. Todo un logro de producción.