Goro Miyazaki carga con un apellido que pesa más que un Totoro de plomo. Hijo del maestro Hayao, ha decidido no calcarlo. Su cine explora dramas sociales y conflictos entre generaciones, dejando de lado la fantasía desbordada para centrarse en un realismo nostálgico y humano. Desde La colina de las amapolas hasta Cuentos de Terramar, busca un equilibrio entre el legado familiar y su propia voz.
El salto al CGI sin perder el alma artesanal 🎨
Goro no le huye a la tecnología. En Ronja, la hija del bandolero, su serie para Ghibli, apostó por una animación 3D que muchos puristas miraron con recelo. Pero el resultado no fue un simple experimento técnico: logró que el CGI conservara la calidez del dibujo tradicional, con texturas que recuerdan a la acuarela. Su enfoque es práctico: usar herramientas modernas para resolver problemas narrativos, no para lucirse. Así, el drama social y los paisajes adquieren una textura que ni el 2D ni el 3D puro lograrían por separado.
El hijo pródigo que cocina sin la receta del padre 🍳
Ser el heredero de Miyazaki debe ser como recibir un Ferrari con el manual de instrucciones en japonés antiguo. Goro lo sabe, y por eso prefiere estrellarse con dignidad antes que copiar el viaje. Mientras su padre hacía volar castillos, él prefiere mostrar cómo se pudre una sociedad. Y aunque Cuentos de Terramar le valió más críticas que abrazos, al menos demostró que no le da miedo meter la pata con estilo. Al fin y al cabo, siempre puede decir: Papá, al menos yo no necesito un bosque mágico para contar una historia.